Liderazgo: el arte de educar inteligencia y voluntad

El liderazgo es una cualidad personal que se adquiere educando la inteligencia y la voluntad.

Una primera aproximación

Liderazgo es la cualidad personal que capacita al directivo para actuar – en la mayoría de los casos[1] – de forma que sus decisiones se orienten a lograr que la organización que dirige mejore, es decir, que los impactos previstos que se derivarían de sus acciones de gobierno, sean capaces de conseguir una evolución positiva de la organización, especialmente cuando se trata de decisiones de hondo calado, porque modifican significativamente:

  • Las relaciones que existen entre las personas que conforman la organización,
  • Las relaciones de las personas que conforman la organización (participes: p. ej. accionistas, empleados, etc.) con los que se benefician de lo que la organización produce (beneficiarios: p. ej. clientes), y
  • Los vínculos que – tanto participes como beneficiarios – tienen con ella.

Lo que capacita a un directivo para ganar terreno en esta cualidad, que en síntesis se podría definir como tomar buenas decisiones de gobierno o buenas decisiones directivas, es la educación de su inteligencia y voluntad.

Educación de la inteligencia

Un directivo debe educar su inteligencia, que no consiste en otra cosa que pensar antes de actuar, antes de ejecutar una decisión y de llevar adelante un plan de acción. Esto implica, en primer lugar, diagnosticar a qué problema se está enfrentando, qué alternativas de solución pueden formularse, definir criterios para evaluar las alternativas planteadas y decidir: elegir la mejor alternativa y desarrollar un plan de acción. No se trata de un proceso secuencial sino de un proceso que implica una mutua interacción entre las diferentes fases, porque se deben retroalimentar. En función de la importancia que tenga el problema al que el directivo se enfrenta, debe valorar la voz o el consejo de superiores, colegas y subordinados en la solución del problema. Lo anteriormente descrito se podría sintetizar en una oración: pensar es hacer uso de la virtud de la prudencia: virtud rectora de las otras virtudes cardinales.

Educar la voluntad

En materia de decisiones directivas, la voluntad hace acto de presencia cuando tenemos que concretar la realización del plan de acción de la alternativa que resuelve el problema. Aquí entran en juego las otras virtudes cardinales: templanza, fortaleza y justicia.

Templanza para moderar nuestra tendencia natural al camino corto, a lo más cómodo, a lo fácil y – en cambio – ceñirnos  al plan trazado, aunque no tenga ganas, aunque me cueste, porque lo valioso exige esfuerzo, lo sabemos de sobra. Como reza el dicho: “por el camino áspero hacia las estrellas”.

Fortaleza para ser audaces cuando el viento sopla a favor y para resistir cuando llegan las tormentas. A los directivos nos han puesto donde estamos para resolver problemas, no hay que hacerse ilusiones, hay tiempos de vacas gordas y vacas flacas. En los primeros, hay que aprovechar las oportunidades, formar directivos y hacer acopio de recursos; en los segundos, hay que saber mantenerse firme en el propósito que dio vida a la organización y resistir los embates de la vía fácil u oportunista que pueden salirnos al encuentro. Recordar: “nunca se ha formado un buen marinero en un mar en calma”.

Finalmente, la virtud de la justicia en las relaciones con nuestros semejantes se concreta en dar a cada cual lo que le corresponde. La labor directiva entraña la distribución de cargas y beneficios, y debe estar informada por esta virtud, de lo contrario se hace imposible la cohesión de las personas alrededor del propósito de la organización, ninguna organización permanece inmune si sus directivos no son justos. Superado este nivel, se puede hablar de generosidad o magnanimidad.

A modo de cierre

Visto todo lo anterior, podemos quedarnos con las siguientes ideas:

  1. El liderazgo es una cualidad personal que se adquiere educando la inteligencia y la voluntad.
  2. Para educar la inteligencia necesitamos recurrir a la adquisición de la virtud de la prudencia, sin ella el directivo no podrá pensar con corrección.
  3. Para educar la voluntad necesitamos a las otras tres virtudes cardinales: templanza, fortaleza y justicia. Sin el recurso de ellas, la mejor alternativa de solución y su plan de acción irán al almacén de los buenos deseos.
  4. Hablar de liderazgo sin hablar de virtudes es un despropósito, y de esto ya dio cuenta Aristóteles hace más de dos mil años.

[1] Porque ninguna persona cuando actúa libremente está exenta de errar o equivocarse.